Ave, AVE… ¿Continúo?

Hoy en día los antiguos dioses han sido substituidos por los modernos, hay muchos y tienen diversos nombres, todos muy conocidos, nombres que van al grano, prácticos, que carecen de la poesía y el misterio que caracterizó a los antiguos, claro que son otros tiempos, por supuesto, y si no, fijaos en el detalle de que cuando se avista una nueva estrella, o algún planeta despistado en cualquier sistema solar descubierto para asombro de propios y extraños, porque existen otros sistemas solares aparte del nuestro ¿eh?, pues se los bautiza con unas cuantas letras y varios números como si se tratara de un recluso, nada de buscar en mitologías, que eso está pasado de moda.

La lista de los nombres en nuestro moderno Olimpo es muy extensa pero nos vamos a centrar sólo en uno por el momento, el que estos días, o estas horas, se halla en el primer plano del top ten barcelonés. El dios en cuestión se llama Velocidad, ¿a que ya empezáis a comprender de qué va la cosa?

El dios Velocidad es alguien a quien hay que tener muy en cuenta y al que yo no vacilaría en llamar “el Jefazo” porque está metido por todas partes, sus acólitos son el reloj y la impaciencia y bien que cumplen con su trabajo de una manera impecable ya que nunca descansan porque hay que pensar que el día en que el reloj se pare o la impaciencia reviente… ¿Qué será del mundo, de la vida tal y como ahora la conocemos?; supongo que a su lado la extinción de los dinosaurios quedará reducida una simple anécdota de Café.

Pero ya hablando en serio, ¿os habéis dado cuenta de lo terrible que sería no poder llegar antes de haber salido?, me estoy refiriendo al AVE, naturalmente, máximo representante del dios Velocidad en estos días. No sé cuanto se tarda de Barcelona a París en AVE, ni sé, en mi ignorancia de persona que no viaja más que con el pensamiento y a veces un poco a pie o en ferrocarriles comarcales, si aparte de usuarios llevará el AVE transporte de otra clase que se pueda distribuir en mercados o tiendas, pero si el caso se diera, ¿es tan importante una hora, o dos, de adelanto, para llegar los primeros? En la antigüedad no disponían de las modernas tecnologías y la existencia continuó a pesar de esa omisión, lo prueba el que aquí estemos.

A este paso el dios Velocidad se va a comer nuestras vidas; el afán competitivo que rige a la especie humana va a empujarnos a todos hasta el punto de que lo único que queramos sea llegar siempre los primeros, no importa a dónde ni el motivo ya que lo que nos arrastrará es el participar ciegamente… para no arribar a ningún sitio que valga la pena, porque lo haremos tan agotados que no se podrá disfrutar de aquello que creíamos se iba a obtener y el estrés acabará del todo con nosotros.

Qué pronto se han olvidado las épocas felices de los grandes viajeros, cuando se iba a caballo o en tartana gozando del paisaje, de los pueblos, conociendo otras gentes y otras culturas, entonces se escribían libros de viajes memorables que han llegado hasta nuestros días haciéndonos revivir tiempos pasados de una manera agradable y la lentitud no era obstáculo para el disfrute, la emoción o el interés; no se parecían en nada a los viajes turísticos actuales en los que en un día has visto tantos lugares y gentes, que luego, al recordar ya no sabes ni quién es quién ni si este monumento pertenece a una ciudad o a otra, más o menos “si hoy es miércoles esto es Bélgica”.

Los dibujos completaban los textos de aquellos viajeros o lo hacían las primeras fotografías, por lo de que una imagen vale más que mil palabras.

Afortunadamente, hoy en día también se hacen fotos y es una buena manera de que el recuerdo quede fijado para siempre, sí, para siempre, así en el futuro podremos ver, o recrear la vista en monumentos que ya no existan y no porque el transcurso de los siglos los haya convertido en polvo, sino debido al paso del dios Velocidad transformado en AVE.

Como adivinaréis me estoy refiriendo concretamente a la Sagrada Familia y al tránsito del AVE cerca de ella. Yo vivo en Sant Cugat del Vallès, y aquí tenemos un Monasterio que hace poco cumplió mil años, pues bien, en cinco décadas, el tráfico de los coches junto a él lo ha deteriorado más que los mil años transcurridos, tanto, que han tenido que desviar la ruta de los vehículos.

El ejemplo es una pequeña muestra en nada comparable a lo que pueda suceder cuando el AVE pase como una exhalación por debajo de la maravillosa obra de Gaudí, única en el mundo no hay que olvidarlo, ¿llegaremos quizá al triste desenlace que se deriva cuando el protagonista de la primera versión cinematográfica de “El planeta de los simios” descubre lo que no se esperaba?

Porque aquí entra otro dios moderno en escena, y es un dios poderoso que cuenta con muchos devotos: Espectacularidad; poco importa lo que se destroce o desaparezca siempre que constituya un gran espectáculo, la mayoría de las veces rentable.

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La traductora de Salammbó

marialaude-197x300Yo tengo un libro que es una joya, sí, tal como suena, una de esas joyas polvorientas en el sentido literal de la palabra porque el polvo se incrustó hace tiempo en sus cubiertas, viejas portada y contraportada azules de esquinas raídas, sus páginas amarillean y abundan en ellas las pequeñas manchas de humedad color ferruginoso. Si abres el libro y las hueles no te saluda ese frío olor a tinta y papel modernos tan impersonal, sino otro muy diferente, y también muy antiecológico, por qué negarlo, de bosques que se fueron para no volver, es un aroma mágico que te hace soñar y al mismo tiempo es causa de que te remuerda la conciencia.

El libro, en concreto Salammbó de Gustavo Flaubert, se publico en París, traducido al castellano para la Casa Editorial Garnier Hermanos, sita en el núm. 6 de la rue des Saints-Pères, supongo que en el año 1895 o 1896, en todo caso siempre a finales del siglo XIX, siendo su traductora la señora María Genoveva Laude de Dutremblay, exclusiva protagonista de esta historia, en la que todos los nombres propios en francés se versionaron al castellano y así los he respetado.

María Genoveva falleció tras una súbita y rápida enfermedad el 8 de septiembre de 1894, a los dos años de haberse casado con el joven doctor Dutremblay, y como nació el 9 de octubre de 1869, podemos comprobar que murió en plena juventud, ahora bien el motivo por el cual hoy la traigo aquí, es porque en ella concurren unas circunstancias por completo inusuales para su época.

María era una señorita de familia pequeño burguesa a quien, llevada de sus tendencias literarias, le dio por estudiar idiomas, y los estudió en casa por medio de institutrices como entonces se estilaba. Así aprendió el inglés, el italiano, el alemán y finalmente el castellano, este último concretamente porque se hizo amiga de una muchacha argentina, Emilia Girondo, y para sorprenderla lo aprendió, luego, y en el último año de su vida, se dedicó a traducir Salammbó de Flaubert, y supongo que de haber vivido se hubiese dedicado al oficio de traductora, no porque lo necesitase económicamente sino por placer, o mejor dicho como reivindicación, pues sin ser feminista no me cabe duda de que María hubiese llegado a convertirse en una de las pioneras de ese movimiento ya que todo en ella parecía apuntar en tal dirección, pero no pudo al morir prematuramente; quizá hubiera llegado a ser una gran escritora, le gustaba la literatura y poseía sensibilidad y cultura, quizá al estallar la Gran Guerra Europea hubiese trabajando como enfermera ayudante de su marido, bien en el frente bien en la retaguardia, quizá… ¿Quién puede saber lo que habría llegado a hacer María de haber tenido toda una vida a su disposición? Posiblemente hoy se la mencionaría como una de las primeras mujeres traductoras ejemplo de tenacidad y decisión, y tal vez por eso mismo su vida personal pudo haber conocido cambios importantes, ¿una separación civilizada o sea, cada uno por su lado pero discretamente, un divorcio, una existencia distinta, rompedora…, escandalosa a lo George Sand?… No lo podremos saber nunca, y así María Genoveva Laude de Dutremblay, no pasará de ser otra cosa que una promesa truncada, como tantos que se han ido en plena juventud dejándonos la incógnita de un futuro que jamás vivieron.

Y para más inri, su lugar en el mundillo literario es sumamente minúsculo, una novela de Flaubert traducida al castellano que, además, se da la circunstancia curiosa que escribiese con muchas prisas como si intuyera que sus días se acababan; en realidad fue su primera y única obra, y como toda obra en papel impreso, le ha sobrevivido aunque de una manera tan anónima como lo fue su propia existencia, sin embargo ahí está, en mi librería e imagino que en algunas otras a cuyos dueños les dé, igual que a mí, por conservar libros antiguos y raros con alguna particularidad especial.

Lo único que no deja de llamarme la atención en toda esta historia, es que María eligiese una novela tan salvaje como Salammbó, escrito así el nombre en su traducción tal cual lo pusiera originalmente su autor, una obra de sexo y violencia en la que la brutalidad y la barbarie se retratan casi con voluptuosidad, y no acabo de entender el por qué de semejante elección que me hace pensar muchas más cosas de lo que sería aconsejable simplemente por respeto a la desaparecida, a quien su marido describía con estas palabras en su dedicatoria del libro a la Reina Regente de España María Cristina: El recuerdo de la más buena de las esposas

Y a su vez J. Roy, profesor de la Escuela de Cartas y Estudios Superiores, en su introducción a la novela:

Honor grande prometía ser para las letras la joven y ya distinguida autora de la presente traducción. Pero enfermedad tan implacable como imprevista arrebató cuantas risueñas esperanzas hiciera concebir a los que hablando de ellas, encuentran perpetuo consuelo y de continuo tejen con su cariño corona de eternos recuerdos.

Añadiendo más adelante:

A la traducción de esta novela consagró el año que debía ser el último de su vida. Como si tuviera presentimiento de su brevedad, puso en esta tarea su vigor, su corazón, su espíritu todo, sacrificando distracciones y placeres (…) Invisible para los indiferentes y entregada por entero a sus deberes y a sus sueños de gloria, cifrados en este trabajo, con el cual quería extender la fama de su nombre.

Muy triste, ¿no?

Sin embargo recordemos una cosa: en su corta existencia María reivindicó con su esfuerzo y dedicación, a través de la novela traducida, los derechos de la mujer —derechos que un siglo antes ya tuvieron en Olympe de Gouges y Mary Wollstonecraft a sus primeras representantes—, de esa mujer que después ha podido estudiar en las universidades labrándose un porvenir independiente, o que al menos en muchos casos lo intenta, por ello, y como homenaje a su empeño en una época entonces crucial para nosotras, quiero cerrar el presente artículo con varios fragmentos de su Salammbó, respetando una acentuación y alguna que otra palabra ya caídas en desuso:

CAP. I
EL FESTÍN
En Megara, barrio de Cartago, y en los jardines de Hamilcar desarróllase la escena.
Los soldados, que habían servido bajo sus órdenes en Sicilia, celebran en gran festín el aniversario de la batalla de Erice, dándoles la ausencia de su dueño absoluta libertad para entregarse á la comida y á la bebida, como lo hacían en gran número.

CAP.VI
HANNON
Apenas si los soldados, en el desorden de lo imprevisto, tenían armas. El terror los paralizó y quedaron indecisos. Ya desde lo alto de las torres les lanzaban dardos, flechas, faláricas, pedazos de plomo; cuando algunos, para subir, se agarraban a las franjas de los caparazones, les cortaban las manos y caían de espaldas sobre los levantados aceros. Las picas demasiado débiles se rompían; los elefantes pasaban entre las falanges como jabalíes entre matorrales: arrancaron las estacas del campamento con sus trompas, lo atravesaron de un extremo á otro, derribando las tiendas con los pechos, y los enemigos huyeron, escondiéndose en las colinas, que cercaban el valle por donde los Cartagineses habían venido.

CAP. XI
EN LA TIENDA
Salammbó quieta, con la cabeza baja y las manos cruzadas, lo contemplaba. En la cabecera del lecho, sobre una mesa de ciprés, había un puñal, y ante la luciente hoja sintió un deseo sanguinario. Los lamentos, que se oían a lo lejos en la sombra, la invitaban como un coro de Genios; se aproximo, asió el hierro por el mango; pero, al roce del vestido, Matho entreabrió los ojos, acercó los labios a la mano de Salammbó y el puñal cayó.

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Mister Hyde y el doctor Jekyll

La línea divisoria que separa el bien del mal suele ser tan estrecha que entonces no debe extrañarnos el que muchos la traspasen consciente o inconscientemente, aunque ese despiste no les libre precisamente de culpa.

En la historia de la literatura, porque no voy ahora a radiografiar la del crimen, hay muchos ejemplos que vamos a denominar ilustres entre comillas, e “ilustres” por quienes fueron sus protagonistas que no por cuanto hicieran en sus horas oscuras, siempre cuidadosamente silenciadas, por supuesto.

El primero de la lista, quizá porque el contraste es por ello más violento, y, sobre todo, desconcertante, nos lo ofrece el lírico Marcel Proust, cuya exquisita sensibilidad no podía permitirnos ni tan siquiera imaginar en dónde hallaba la culminación del placer sexual.

Hace años me contaron, y lo hizo un caballero francés, que a Proust le traían ratas enjauladas y que él se entretenía pinchándolas con largas agujas hasta que morían entre chillidos horribles, siendo estos chillidos para el novelista motivo de placer. Naturalmente, no me lo creí por considerarlo incompatible con el autor de la saga de El tiempo perdido, y recobrado, con el niño que amaba tiernamente a su madre, con el adulto a quien el aroma de una magdalena embebida en tisana, despertaba los más bellos recuerdos de su infancia. ¿Cómo podía aceptar semejante aberración?

Bueno, pues hace poco he leído que el affaire de las ratas no parece ser una leyenda inventada por sus enemigos, sino que es cierta aunque con algunas variantes; según parece, Proust frecuentaba un burdel en el que exigía le llevaran jaulas con ratas hambrientas a las que por medio de las famosas agujas eran azuzadas a luchar entre ellas hasta la muerte, coincidiendo el resto con lo que me explicaron.

Atormentar a quien sea, persona o animal, para lograr el propio disfrute, es sencillamente espantoso y no hay excusa que valga para justificarlo; lo que no cabe en la cabeza es que quien lo ponga en práctica sea una persona amable, bien educada, bondadosa, sensible hasta rayar lo enfermizo y de gustos selectos y refinados, a quien seducen perfumes embriagadores, la música clásica, manjares deliciosos, que llora ante una puesta de sol, que se extasía frente a los cuadros de una exposición…

Otro ser incomprensible fue el poeta Algernon Swinburne, quien al parecer dormía con una mona a la que disfrazaba de mujer, pareja que tuvo un fin de lo más trágico y repugnante cuando, al morder a un amigo de Swinburne llevada por los celos, el poeta dispuso que mataran al animal y luego fuese guisada para servírsela en la comida.

No creo que tan espeluznante historia, por las connotaciones que encierra, necesite el menor comentario.

El último caso que mencionaré tiene por protagonista a Lewis Carroll, al autor de Alicia en el País de las Maravillas, enamorado secreto, no tan secreto en realidad, de la pequeña Alice Liddell, y pedófilo encubierto en la época victoriana.

Cuando releo Alicia en el país de las Maravillas, no dejo de asombrarme una y otra vez de que un hombre inteligente, con tan fino sentido del humor y una imaginación perfectamente adaptada al universo infantil, no ironizo, pudiera haber llevado la doble vida que mantuvo Carroll durante su existencia adulta, doble vida que delatan las numerosas fotografías que realizó a una colección bastante importante de niñas entre cuatro y ocho años —todas posando de manera lánguida y sensual—, siendo siempre su preferida Alice. Una Alice que al crecer pudo escapar —porque a él las mujeres ya no le interesaban—, pero que siempre llevó en su rostro la huella de unos determinados momentos que debieron ser verdaderamente traumáticos para ella. Lo pasmoso del caso es que la sociedad de su época no se apercibiese de lo que ocultaban las suaves maneras del ocurrente escritor, y ni siquiera el hecho de que encargase a una pintora amiga que retratara a varias niñas desnudas despertó sospechas, y debiera haberlas provocado cuando, a su muerte, esos retratos fueron destruidos por expreso deseo suyo.

Todos conocemos la historia de El doctor Jekyll y Mr. Hyde. Jekyll es un respetable caballero que de vez en cuando se transforma en el monstruoso y amoral Hyde, tan perfecta e inadvertidamente que nadie puede relacionarles, pero en este caso que tratamos es Hyde quien se oculta dentro del intachable doctor Jekyll, léase Marcel Proust, léase Algernon Swinburne, léase el honorable clérigo y matemático Lewis Carroll, y lo escalofriante del asunto es que ha tenido que pasar más de un siglo para que se hable abiertamente de esas “debilidades” impensables de ser comentadas hace unos años, aunque tal vez ahora en algunos casos la fantasía desbordante o bien el afán de notoriedad, hayan hecho que nazcan historias muy difíciles de contrastar, como por ejemplo, en opinión del criminólogo británico James Tully, que Charlotte Brontë envenenó a su hermano Branwel y a sus hermanas Emily y Anne, ayudada por el que luego sería su marido; que Conan Doyle, según el escritor Rodger Garrick-Steele, asesinó a Bertram Flechter Robinson para robarle a su mujer Gladys y, además, por medio del plagio, la autoría de El perro de los Baskerville, o que, en el sentir del estudioso investigador Richard Wallace, Lewis Carroll —otra vez él—, había sido, ni más ni menos, el tristemente célebre Jack el destripador.

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La segunda vida

La segunda vida es una oportunidad que ofrece Internet para que muchas personas puedan evadirse de su realidad cotidiana inventándose una existencia paralela en la que el feo es guapo, millonario el pobre, valiente el cobarde, desenvuelto el tímido, sabio el ignorante, sano el enfermo, triunfador el fracasado, y joven el anciano, o sea, la utopía perfecta, el mejor de los mundos. Lástima que Fausto no hubiera conocido Internet en su época; se habría ahorrado muchos quebraderos de cabeza.

Bromas aparte, esta oportunidad que se ofrece al usuario mediante una segunda vida virtual, no es tan inocente como a primera vista parece, puede fascinar por lo que promete y ser sumamente divertida en un principio, abrir nuevos horizontes…, ¿y luego qué?, ¿guardar el traje de superman en el armario y a la vida cotidiana, exponiéndose al enorme contraste que eso conlleva?

Hace muchos años leí que en el futuro —y como hito lejanísimo se hablaba del nuevo siglo que se iniciaría a partir del 2000 con su cortejo de 2150, 2300, y etc.— la gente viviría paradisíacamente sin apenas trabajar, que todos nos entregaríamos al dolce far niente de una vida regalada y ociosa cuya mayor ocupación consistiría en divertirse con los más variados entretenimientos, algo así como la isla de los niños malos de Pinocho, pero sin castigos, por supuesto, sólo dicha y bienestar asegurados a perpetuidad, coherentemente las guerras no existirían y habríamos vuelto, volveríamos, a la Nueva Arcadia. Yo creo que los ideólogos de la propuesta ya vivían en la segunda vida, al menos en sus mentes, porque soñar no cuesta nada, pero es aquello que se dice: lo que una persona imagina, otra puede hacerlo realidad, y esa existencia ficticia que se nos ofrece como un caramelo a través de la computadora u ordenador, ya está aquí; podremos ser quienes nunca fuimos a través de la red, desdoblamiento esquizofrénico en un mundo que a cada día que transcurre es menos cuerdo.

Sé perfectamente que muchos aducirán que se trata de un inocente juego; juego sí, pero inocente no. La mujer poco atractiva que se convierta en Miss Universo “jugando”, cuando abandone la ficción y vuelva a su realidad cotidiana en la cual nadie la mira ni por despiste, el apocado que alcanza el poder y a la mañana siguiente regresa a la oficina en donde se le burlan los compañeros y le explota su jefe, el anciano decrépito que retorna a la juventud por unas horas y luego despierta a una amarga realidad, todas estas personas, ¿van a ser realmente felices en semejantes inmersiones? Al principio puede que sí, no lo niego, mas a la larga no.

Todos sabemos muy bien que el ordenador crea adicción y que no es recomendable atarse a él porque peligra el sistema nervioso e, incluso ahora, puede alterarse la visión de la realidad, entonces, ¿qué sucederá si nos encadenamos al nuevo jueguecito?, al principio nada, sólo risas, pero luego…

Supongo que cuando el hombre prehistórico alzaba la vista y veía volar a las aves en lo más alto del cielo, las envidiaba secretamente y más de uno se diría que si tuviese alas sería plenamente feliz; hoy volamos y no por ello nos sentimos realizados al haber conseguido un sueño imposible que trajo de cabeza a Leonardo y causó la muerte de Ícaro.

Cuando se inventaron los globos aerostáticos, allá por el siglo XVIII, los intelectuales de la época vieron en eso un símbolo de progreso que unieron a la diversión de flotar por el espacio, pero hubo un abate que se asustó ya que le dio en pensar, hombre precavido él, que si ese invento gracioso no podría utilizarse en el futuro para atacar desde el aire a las ciudades. Y se agrega que dijo: el buen Dios lo impedirá.

Cualquier invento tiene su lado bueno y su lado malo, el lado bueno siempre es provechoso para la humanidad y el lado malo es el uso o manipulación que de él pueda hacerse.

La segunda vida semeja pertenecer al Mundo Feliz de Huxley, y ya sabemos cómo acabó ese Mundo Feliz.

Y ahora, para más inri, en esa inocua segunda vida, el dinero interviene en compras y ventas que ya no son meramente virtuales, o sea, que el paraíso ha dejado de serlo.

Desde siempre la humanidad ha intentado escapar a las desagradables urgencias de lo cotidiano evadiéndose de mil maneras diferentes, a través de la literatura es una de ellas; cuando no existían los libros, primero tablas de arcilla y después pergaminos, la gente se contaba historias y los narradores eran apreciados, y considerados personajes importantes a quienes se escuchaba con deleite, y todos soñaban a ser el personaje de la historia, pero ese experimento únicamente transtornó a don Quijote, que al final recobró la cordura, no lo olvidemos.

Luego vinieron los escritores, los poetas, inventores siempre y el público siguió soñando a través de ellos, mientras que quienes escribían entraban y salían de sus historias cada vez que empezaban una y concluían otra, pero, salvo contados casos, tampoco extraviaron el juicio, la vida de entonces era demasiado supersticiosa para perderlo del todo si se empezaban a afirmar cosas raras.

En aquellas épocas, desde el rey hasta el villano disfrutaban con la fantasía ajena, pero sabían dónde estaban, hoy en cambio los márgenes entre fantasía y realidad son cada vez más estrechos y esto empieza a ser preocupante y a la larga puede constituir un grave problema al convertir nuestro entorno en un mundo de ciencia ficción.

Vivir otras vidas como el durmiente sueña otros mundos y despertar después, ¿hasta qué punto podremos ser reales entonces si es que no lo estamos dejando de ser ya?

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Vampiros

La figura del vampiro dentro de la literatura emerge con fuerza del movimiento romántico, y salvo excepciones que desconozca, su introducción en sociedad viene de la mano de John William Polidori, sin que ello signifique que el médico y secretario de lord Byron se inventase a tan siniestro personaje que ya revoloteaba por las consejas y leyendas de Transilvania, y de otros lugares centroeuropeos e incluso mediterráneos, más o menos camuflado pero siempre activo en la fantasía popular, un monstruo parecido al Hombre Lobo, o sea: invención hija de las supersticiones, pero muy rentable a niveles creativos, o si no que se lo pregunten al pintor Henry Fuseli, hacedor de monstruos de pesadilla y amante de María Wollstonecraft, a su vez madre de Mary Shelley, autora de Frankenstein.

Pero volvamos al vampiro literario representado en sus inicios por tres historias cortas que no hay duda servirían también más tarde de inspiración a Bram Stoker; las historias son el relato corto de Polidori, El vampiro, Carmilla de Sheridan Le Fanu y La muerta enamorada de Teóphile Gautier.

No digo que sean las únicas en su tiempo, pero sí las más representativas, o al menos las más populares, ya que se citan de continuo.

Los tres relatos son diferentes aunque les una el vínculo del vampirismo, pero los tres, empezando por El vampiro y Carmilla, ofrecen una curiosa semejanza al hablar de una peculiaridad no contemplada en muchas novelas de vampiros: el vampiro puede vivir a plena luz del día sin por ello caer fulminado convirtiéndose en polvo.

Los pormenores de este hecho se explican prolijamente en Carmilla basándose en antiguos documentos, mientras que en El vampiro surgen con naturalidad como si fuera la cosa más normal del mundo que un vampiro pudiese pasearse por Londres y viajar de día a lejanos países. Es de suponer que este detalle, bastante más importante de lo que parece, fuese una realidad en el mundo del vampirismo literario, pero debió quedar marginado en aras del morbo que presupone una vida sin sol en un habitat de sombras.

En cuanto a La muerta enamorada, bellísimo y poético relato en el que un joven sacerdote se enamora de una mujer vampiro, nos encontramos a su protagonista principal en la iglesia por la mañana aparentemente viva y bien viva, o sea que nada de tinieblas, ni de explicaciones para justificarlo.

Esto en cuanto atañe al universo novelístico; el reverso de la moneda es mucho más complejo y tal vez más fantástico porque se sustenta en datos erróneos: el vampiro es el muerto viviente y se le atribuyen unos poderes sobrenaturales que encontramos en la historia, al parecer auténtica, de Arnod de Medvedja, en la que se hallan todos los referentes ya clásicos.

En 1731 había tenido lugar en Medvedja una epidemia de vampirismo que comenzó con la muerte y posterior trasformación en vampiro del campesino Arnod Paole; el dicho Arnod parece ser que contaminó a varios lugareños, quienes a su vez hicieron lo mismo una vez convertidos en muertos vivientes. Localizado el foco, se abrieron las tumbas y se procedió a clavar estacas, decapitar e incinerar los cadáveres afectados, con lo cual el mal quedó erradicado aparentemente.

Como puede verse una historia bastante vulgar y repetida, pero en este caso auténtica y no leyenda, al menos en lo que concierne al presunto vampirismo del desgraciado Arnod, quien con toda probabilidad debió sufrir injusta persecución y muerte ya que la historia la escriben siempre los vencedores. Sin embargo no deja de ser un referente que puede leerse en crónicas de Medvedja, pueblo que existe todavía en la ex Yugoslavia.

En cuanto a Vlad Tepes o Dracul, de quien Bram Stoker sacó título aristocrático, y nombre, al crear a su conde inmortal, era un príncipe valaco que nunca le chupó la sangre a nadie aunque sí cometiera espeluznantes crímenes, pero de otra índole.

(Por cierto, que hay una divertida anécdota que circula al respecto del “nacimiento” de la novela Drácula, y que cuenta que se le ocurrió a Bram Stoker después de haberse pasado una noche entera víctima de una indigestión de cangrejos en vinagre; al menos así lo refirió su hijo).

Si nos adentramos en el terreno de la medicina, se habla de una enfermedad llamada porfiria en la cual quienes la padecen no pueden soportar la luz del día, el sol, concretamente, ya que es para ellos letal, y por esta causa han de vivir encerrados en sus casas saliendo sólo de noche, pero esta pobre gente no son vampiros, aunque en tiempos antiguos pudieran ser confundidos con ellos acabando de mala manera debido a la ignorancia y a la superstición.

Todo lo expuesto es hasta cierto punto atractivo si nos ponemos a escribir relatos o novelas, y en el siglo XIX más todavía porque iba con la época y las mentalidades, pero es un género que ha dejado su herencia y baste para ello mencionar sólo un nombre de sobras conocido: Anne Rice, sin que sea necesario agregar una palabra de más.

Yo encuentro, pero es una opinión muy personal, y supongo pueda sorprender a más de uno, que la novela de Emily Brontë, Cumbres borrascosas, trasluce en el sombrío personaje de Heatcliff una especie de vampiro disimulado, que vaga en la penumbra de un caserón que puede ser cualquier cosa menos un hogar, que se nutre durante años del vivo recuerdo de una muerta, y que camina errático por el páramo en busca de su amor fallecido, quien, por otra parte, a su vez se convierte en un alma en pena que lo reclama desde el más allá, todo ello sin olvidar las escenas del cementerio con la exhumación del cadáver de su amada Catalina a las pocas horas de haber muerto, cuyo rostro quiere contemplar por última vez.

Hoy en día, sin embargo, muchas, casi todas, las novelas de vampiros han perdido su aura poética y suelen ser orgías de sangre y de mal gusto en las que brilla por su ausencia la fantasía y la originalidad, lo que es una verdadera lástima.

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Cuando el amor se llama endorfina

El ser humano acostumbra a creerse, primero, el centro del universo y después, infalible en sus juicios; con tan gran dosis de vanidad sobre sus espaldas es lógico que los comentarios del psiquiatra José Miguel Gaona hayan podido sonar a sacrilegio en muchos oídos, pero, ¿es que acaso somos ángeles?

El doctor Gaona, aunque no sea el único, ha dicho que el amor es una conjunción de reacciones químicas, ligadas a otros estímulos como alimentación, actividad sexual, o aficiones similares.

Y en estas reacciones tiene todo que ver una hormona llamada endorfina, también conocida como la hormona de la felicidad… De lo que viene a deducirse que el sentimiento amoroso, y sus aliados, la poesía y el romanticismo, quedan reducidos a una simple reacción química en cadena y ello ha de hacernos pensar humorística o escandalizadamente, según encaremos el problema; yo voto por el humor sin discusión, ya que al tener la capacidad de burlarse de todo nos puede despejar el ego de muchas ideas preconcebidas, porque ponernos dramáticos rasgándonos las vestiduras no es la solución, y menos el negar evidencia tan comprobable.

El amor es una droga, y una droga nefasta si juzgamos los ejemplos destacados que ofrece la literatura, Romeo y Julieta, Don Juan y Doña Inés, Abelardo y Eloísa, la Dama de las Camelias y su Armando, la reina Ginebra y Lancelot del Lago, Tristán e Isolda —aunque estos últimos no me valgan mucho por lo de la intencionada poción mágica—, y, ¿para que seguir?

Los campos del amor son campos minados en toda su extensión; damos un paso en falso y se acabó… Entonces yo me pregunto, ¿no sería más cuerdo sobreponernos a esa influencia de una manera racional, civilizada y ya propia del tercer milenio en el cual vivimos aunque no lo parezca?

Si sólo fuera una cuestión de sentimientos, enamorarse de unos ojos azules, de una bonita sonrisa, etc., todo sería muy fácil, completamente diferente y mucho más sencillo, porque el sentimiento puede ser idealización y desvanecerse a menos que una insidiosa hormona no le sustente, en ese caso el sentimiento se robustece, se cree con innumerables derechos y ya la tenemos organizada.

Lo lamentable del hecho en el asunto que nos ocupa es que lo que suponíamos una demostración de nuestra voluntad, o libre albedrío, no es nada de eso; los ojos podrían ser, en lugar de azules, rojos y la sonrisa mostrar unos colmillos afilados a lo conde de Transilvania y el efecto destructor sería el mismo: las endorfinas los convertirían en irresistibles —¿acaso Drácula no lo es?—, encaminándonos borreguilmente en la eterna dirección obedientes a un impulso químico, ¿no es triste?

(Según las investigaciones realizadas en el terreno científico, la atracción amorosa, es decir, el enamoramiento propiamente dicho, o lo que entendemos como tal, produce una sensación placentera provocada por la feniletilamina, en este caso una “aliada” de las endorfinas, o más bien su cómplice, por ello no la debemos dejar de mencionar, como tampoco, y permítaseme la digresión, el aludir aquella teoría de Stendhal, según la cual comparaba el objeto de nuestro amor con una rama seca en la que cristaliza el agua, convirtiéndola así en una joya resplandeciente. Lo que podría denominarse confirmación muy literaria de una hormona que ejerce como neurotransmisor).

El poder de las endorfinas es temible; nos programa la vida desde la adolescencia —aunque Freud iba mucho más atrás en el tiempo pero no es cosa de liarla ahora—, hasta la vejez, sí, sí, hasta la vejez, lo que oyen, porque los amores en la tercera edad son más devastadores que en los años mozos, ¡traidoras endorfinas que en ocasiones parecen un programa de ordenador por lo cabezas cuadradas que resultan!… ¿Es qué no se han dado cuenta de que a determinadas edades lo bonito es recordar pero sin reincidir ya que el tiempo ha pasado, ese tiempo que, según aseguran, fue siempre mejor?

El impulso amoroso desatado por las endorfinas tiene sus épocas en la existencia: primavera, verano, el otoño es bonito mas es la antesala del invierno —y en el invierno las flores duermen bajo el hielo—, hay que ser consciente de ello si no se quiere hacer el ridículo. Ejemplo: Goethe, en plena vejez, yendo detrás de turgentes jovencitas. ¿No es triste? Y todo porque las ciegas hormonas obedecen órdenes, creced y multiplicaos, lo que a fin de cuentas es una verdad que se nos ofrece enmascarada.

Siempre me ha producido escalofríos pensar en ese universo subterráneo que fluye y se desarrolla dentro de nosotros sin que nuestro consciente se aperciba de ello, el universo que decide, hace y deshace presentándonos el resultado final de sus conclusiones, no como una sugerencia, sino como un hecho prácticamente consumado que asumimos sin darnos cuenta del fraude. Entonces, ¿qué somos en realidad?, ¿el envoltorio, el vehículo de otro Yo que nos maneja a su antojo con la finalidad más simple del mundo: vivir?

Leí hace tres o cuatro años en una revista de divulgación científica, que en el vientre existe otro centro inteligente al que podríamos denominar segundo cerebro por muy de ciencia-ficción que pueda resultar el término, y según parece este “cerebro” está mucho más capacitado para gobernarnos que el tradicional con el cual interacciona pero de manera discreta al cederle todo el protagonismo, algo así como un director de escena oculto entre las bambalinas para que el primer actor se luzca ante el público.

Pero volvamos a las endorfinas, esa trampa que tiende la naturaleza para que de grado, o por fuerza, perpetuemos la especie… Desmitificador, ¿no?

Copyright © 2007 Estrella Cardona Gamio

Publicado en Atalaya de Ciudad Letralia.

Shakespeare-upon-Avon

Se ha escrito tanto sobre William Shakespeare, y se han elucubrado tantas fantasías al respecto, que una más no creo que sorprenda demasiado.

Como nadie ignora Shakespeare nació en Stratford-upon-Avon, que significa Stratford sobre el río —ya que, en celta, avon es río—, y nació un 23 de abril del año de gracia de 1564, en Inglaterra por supuesto, siendo bautizado el día 26 del mismo mes en la Iglesia de la Santísima Trinidad, o sea que bien le podemos dar el nombre que aparece como título: Shakespeare-sobre-el-río, lo mismo que si se tratara de uno de esos duendes que pueblan El sueño de una noche de verano.

Y en cierta manera diríamos que así es, su tránsito sobre la corriente, pues el bueno de don Guillermo se ha visto traído y llevado desde el día de su nacimiento, no a la vida sino a la gloria, en boca de todo el mundo y no sólo para cantar sus alabanzas ya que se ha puesto en entredicho incluso su partida de nacimiento.

La gran incógnita es, en opinión de muchos, si William Shakespeare existió o no existió como el personaje que todos creemos conocer, inclinándose más bien por el “no” en lugar del “sí”. ¿Entonces quién escribió su dilatada obra teatral?, o, mejor dicho, ¿quién se tomó semejante trabajo para dar un nombre a quien no hubiera deseado dárselo?, ¿y por qué razón incomprensible el verdadero autor, si es que hubo otro —o autores, porque se llegó a hablar de una especie de consorcio—, no deseaba ser conocido, o desenmascarado?

Este tipo de leyendas nacen no se sabe dónde exactamente, ya que las fuentes siempre son dudosas y sin embargo prosperan y el paso del tiempo las hace más y más veraces; a cada siglo que trascurre el bulo va cobrando autenticidad porque ya no queda nadie que pueda rebatir infundios.

(Habida cuenta, en el presente caso, que acerca de William Shakespeare se han formulado, y se continúan formulando, las más atrevidas hipótesis).

Hace años me enteré de un despropósito que corría por ahí asegurando a quien le prestase oídos, que Shakespeare se llamaba en realidad Guillermo Sánchez Pérez y que lógicamente era español. Sánchepérez todo junto, igual Shakespeare.

Pero no nos sonrojemos que en Italia también recientemente aunque con cierta base al menos investigada por el erudito Martino Iuvara, se llegó a asegurar lo mismo, italianizándole el nombre, singular biografía que merece la pena de ser comentada porque se sustenta en un juego de palabras que tiene que ver con el origen del apellido Shakespeare, pues éste según parece, se remonta a fechas anteriores al siglo XIII al poseer connotaciones guerreras ya que proviene de las palabras sacudir lanza es decir shake-speare, aunque no todo acabe en esto, sería demasiado fácil; el apellido se desdobla en Shakespert, Schakosper —este podría ser de origen alemán—, Shexper, Saxpere, Sashpierre, Sadpere, Shakyspere —¿franceses éstos cuatro últimos?—, Chacsper, Shaksbye, Shaxbee, y un Shakeschataff al que no sabemos qué filiación otorgarle.

Con semejantes antecedentes a cualquiera le da vueltas la cabeza aunque lo cierto es que el padre de William se apellidaba Shakespeare. Pero aquí interviene la historia del presunto William Shakespeare italiano, hijo del médico Giovanni Florio y de la aristócrata siciliana Guglielma —Guillerma—, Crollalanza, cuyo verdadero nombre, el de él, era Michelangelo Florio Crollalanza, o bien Scrollalanzia, nacido en 1564 en Mesina, Sicilia, calvinista de religión y por ello en perpetua huida desde diversas ciudades italianas, entre ellas Mesina, Palermo, Venecia, Verona, y europeas con Stratford como destino penúltimo y Londres final, en Inglaterra, a la que llegó, según dicen a los 24 años de edad.

Siguiendo el hilo de este largo, y por otra parte accidentado viaje, si recaló en Stratford lo hizo porque allí vivía un primo lejano de su madre, el señor John Shakespeare.

Y de nuevo aquí interviene el apellido materno para aderezar mejor la intríngulis: Crollalanza, o Scrollalanzia, significa en italiano sacudir-lanza; si traducimos literalmente del inglés buscando el parecido, y si tenemos en cuenta que blandir una lanza es sacudirla o agitarla en el aire, encontramos la semejanza, aunque un poco rebuscada bien es verdad. Pero sigamos ateniéndonos a lo que nos cuentan: John Shakespeare lo adoptó y no sólo por ser pariente sino porque le recordaba mucho a su fallecido hijo William. Bien, entonces Michelangelo se convierte en William Shakespeare, se casa, es padre y se marcha a Londres a iniciar su carrera como dramaturgo para la cual se halla bien provisto porque lleva un bagaje cultural hecho de experiencias vividas; se sigue diciendo que en Venecia, en donde la familia Florio residiera, habían tenido de vecino a un Otello que matase por celos a su mujer, de nombre Desdémona, y que él mismo, Michelangelo, llegó a enamorarse adolescente de una tal Giulietta, de aristocrático linaje, a quien al serle prohibida su relación con el joven, se suicidó. Historia ésta que no deja de traer a la memoria el hecho de que Romeo y Julieta se inspirase en la leyenda de Píramo y Tisbe, también mencionada en El sueño de una noche de verano.

(No obstante, a mayor abundamiento se insiste en que Shakespeare escribió 15 obras de tema italiano y que hablaba mucho, como un entendido, de mar y de barcos en sus piezas, cuando nunca se le supo navegante y a Michelangelo sí).

Se continúa afirmando que siendo su familia, y él mismo, amigos de Giordano Bruno por este intermedio es recomendado al conde de Southampton, conocido protector de Shakespeare, y el resto es historia.

Esto ya lo tenemos asumido, al menos en parte; William Shakespeare, ¿el auténtico o el adoptado?, era William Shakespeare, de esto no hay duda, que luego este nombre, y con él quien lo ostentara, se trasformasen en un enigma se debe a la labor de otros.

Lo que no debemos negarle es la autoría de 36 obras a una sola persona, no “regalársela” a cuantos la reclamen para sí o les sea adjudicada a dedo, ni tampoco discutirle la existencia a un hombre al que muchos, y grandes personajes de la época, conocieron personalmente.

Y no es eso sólo; en vida había recibido la protección de la reina Isabel I, y posteriormente la del rey Jacobo quien le encargó una obra, Macbeth, para agasajar a su cuñado Cristian IV de Dinamarca en una visita de Estado.

El autor teatral Ben Jonson, aunque estaba en contra de su manera de entender el teatro, demasiado innovador para su gusto, profesaba una intensa admiración a Shakespeare, dedicándole una sentida elegía a su muerte.

William Shakespeare se casó con Anne Hathaway y tuvo tres hijos, tres hijos reales, no inventados, cuyos nombres Susana, Hamnet y Judith, gemelos, aparecen inscritos en el libro de los bautizos.

Vivió muchos años en Londres, regresando luego a su pueblo, en donde fallecería en 1616, y en su tumba, que se puede visitar en la Iglesia de la Santísima Trinidad de Stratford-upon-Avon, se grabó el siguiente curioso epitafio:

Buen amigo, por el amor de Jesús abstente de extraer el polvo aquí encerrado. Bendito sea el hombre que respete estas piedras y maldito aquél que remueva mis huesos.

Después de todo lo que se ha dicho sobre él desde entonces no parece superflua la advertencia de ultratumba, porque muchos huesos se han removido y mucho polvo se ha extraído del sepulcro de Shakespeare a lo largo de los siglos, y es de imaginar que no hubiera sido de su agrado, para él lo más importante, negarle la autoría de sus obras adjudicándoselas hasta a sesenta nombres diferentes, entre ellos a Christopher Marlowe —del cual llegó a decirse que había fingido su propia muerte para escribir bajo el seudónimo “William Shakespeare”—, al cardenal Wolsey, a sir Walter Raleigh, inconcebiblemente a la reina Isabel I, al V conde de Rutland, al VI conde de Derby, a Francis Bacon de quien cabría preguntarse de dónde sacó tiempo para escribir, además, toda la ingente obra de Shakespeare porque en este caso incluso los números no cuadran. Luego viene un descendiente de los Plantagenet, Henry Neville, del que se asevera fuese el verdadero autor del teatro shakespeariano, ya que usaba a William como hombre de paja que diera la cara por él pues motivaciones políticas le forzaban a ocultar su identidad.

¿Y quién más no saldrá si al parecer una de las acusaciones que se esgrimieron siempre en contra de William Shakespeare, el inglés, fue la de que, tratándose del hijo de un guantero, nunca había dispuesto de estudios lo suficientemente avanzados que le convirtieran en un hombre tan cultivado como para dominar varios idiomas, entre ellos el latín y el griego? Dicho en otras palabras: el hijo de un guantero no podía tener capacidad para escribir si no había sido educado con buenos profesores, lo que por categoría se asociaba con las clases elevadas ennoblecidas por el dinero o los títulos.

Verdaderamente es un auténtico laberinto.

Tal vez el descontrol que impera en toda esta historia respecto de sus dramas y comedias, sólo tenga un punto de cierto: que en aquellos tiempos no existía el copyright, y la ingente obra de Shakespeare se hallaba desordenada y en algunos casos dispersa incluso mientras vivía; por ejemplo, Cardenio, pieza teatral inacabada y perdida, eso por no citar ya las copias fraudulentas, plagios, que se hicieran de sus obras con gran disgusto por su parte.

Pero como afortunadamente, y a pesar de todo, se inscribieron en el Registro de Libreros algunas de ellas, concretamente en 1600, cuatro, la segunda parte de Enrique IV, Mucho ruido y pocas nueces, El sueño de una noche de verano y El mercader de Venecia, queda indiscutible constancia de la existencia de William Shakespeare como autor teatral.

El remate final de la salvaguarda de los escritos shakespearianos, y con ellos cuanto implica, se la debemos a dos amigos suyos, Heminge y Condell, que reunieron toda su obra, hasta formar con ella un solo libro, agrupando manuscritos originales o sus copias hechas por el mismo autor. En total fueron 36 obras, cuya llegada hasta nuestros días se las debemos a ellos.

Esto por lo que hace al entredicho de su supuesta autoría teatral, en cuanto a su imagen otro tanto de lo mismo: nadie se pone de acuerdo y se le han llegado a atribuir retratos cada uno diferente del otro, dándose finalmente como válido “oficial” uno expuesto en la National Portrait Gallery de Londres, no desdeñándose, sin embargo, el que aparece en la portada de la primera edición in folio de sus Comedias, historias y tragedias, con fecha 1623, siete años después de su muerte. Un detalle sí que hermana todos los retratos de Shakespeare, aun los más dudosos: su despejada frente, que la vemos inmortalizada de nuevo en el busto que aparece sobre su tumba.

Leído todo lo que antecede, ¿se puede poner en duda que William Shakespeare existiese?, me parece que no debe negarse la evidencia; eso de incluso agrupar sus piezas teatrales bajo el anonimato de un nombre genérico, en plan consorcio, lo encuentro no ya malintencionado sino absurdo, ganas de hablar por hablar o de buscarle tres pies al gato, en suma reflexiones de ociosos y también de personas envidiosas e incapaces de llegar a su altura.

Y en cuanto a su supuesta identidad italiana, aunque el puzzle parezca encajar, chi lo sá?

¿Ser o no ser?, he aquí el interrogante.

Copyright © 2007 Estrella Cardona Gamio

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Marisa Villardefrancos

Se llamaba María Luisa Villardefrancos Legrande, más conocida como Marisa Villardefrancos y era escritora de novelas románticas, lo que en un muy remoto entonces se denominaba “novela rosa”, ¿alguien recuerda el término hoy en día?

Y he dicho “era” ya que ignoro si todavía vive; de hacerlo sería muy, muy mayor, porque Marisa Villardefrancos ejerció su profesión en una inacabable posguerra española que duró hasta los años 60, y después desapareció, o por lo menos se le perdió el rastro luego de haber escrito muchísimas novelas. Más de una vez he pensado que si Marisa Villardefrancos hubiera sido francesa, inglesa o norteamericana, no sería difícil localizarla por Internet en la extensión que ella se merecía; hubiera sido famosa como una Elynor Glyn, una Berta Ruck, una Bárbara Cartland o una Victoria Holt, pero nació en España y desarrolló su labor en una etapa bastante dura de nuestra historia, porque si siempre ha sido una empresa llena de obstáculos el publicar, en aquellos tiempos lo era doblemente debido a la censura que condicionaba aun más a los eternamente desvalidos autores.

Marisa Villardefrancos, que usó muchos más seudónimos, era una buena escritora e imagino había leído a muchos novelistas de la talla de Sabatini, la Baronesa D’Orcy, etc., entre literatura épico-romántica-histórica, y también rosa de calidad, naturalmente. Entonces estaba de moda este tipo de literatura en un amplio sector del público y no tenemos que criticarlo; modas siempre las ha habido, si no veamos hoy en día la inmensa secuela que ha desencadenado El código Da Vinci.

Villardefrancos escribía para vivir, igual que Corín Tellado, pero nunca alcanzó la fama de ésta ni creo que tampoco su obra fuese tan extensa, no obstante llenó las horas de un público femenino ávido de escapar de unas realidades poco gratas. Nos llenó la mente de bonitos sueños haciendo que olvidásemos nuestro día a día limitado y sin horizontes, nos dio alas y volamos.

Yo la había descubierto en una revista juvenil que se llamaba Mis Chicas y me enganchó entonces; recuerdo un serial suyo que narraba en primera persona la vida de un joven vikingo mudo al que le acontecían numerosas calamidades de las que iba saliendo a fuerza de inteligencia y valor, sin embargo su consagración definitiva en la mente de una adolescente impresionable, como lo son todas, culminó escuchando por radio algunas de sus novelas escenificadas cuidadosamente, me refiero a los efectos musicales y a las acertadas voces de los actores, por cierto excelentes; en aquellos lejanos días sólo teníamos radio, ya que la televisión en España era una cosa utópica, pero qué felices éramos escuchando la radionovela mientras hacíamos otras cosas, porque la radio no te hipnotiza como lo hace la televisión, diría mejor, no te idiotiza; te permite imaginar y ves con los ojos de la mente mucho mejor que en una pantalla televisiva. Luego estaba la música que pintaba paisajes y que describía estados de ánimo y en medio de todo ello, la novela, aventuras, amores que fluían con inteligencia al desarrollarse en una línea argumental lógica que nunca insistía en la repetición de situaciones inverosímiles para convertir en lamentable realidad aquello que decía Lope de Vega: que al vulgo hay que hablarle en necio para darle gusto.

Marisa Villardefrancos era un soplo de aire puro y sobre todo moderno que huía de lenguajes cursis, retóricos y empalagosos, por eso no la he olvidado y por eso la he buscado mucho tiempo a través de Internet encontrando tan sólo pequeños vestigios, su nombre pero no su biografía, muchas de sus novelas pero casi todas descatalogadas y por tanto muy difíciles de encontrar, en cuanto a su retrato nada absolutamente, sólo la portada de algunos de sus libros, no otra cosa, pero yo recuerdo haber visto una foto suya, el rostro de una mujer joven de aspecto tímido, cabello oscuro y peinado en melena de la época, o sea años 40. Tenía expresión bondadosa y ojos soñadores, es lo único que recuerdo de ella y aun de forma desdibujada y borrosa porque la fotografía era antigua.

¿Qué fue de Marisa Villardefrancos?, ¿siguió escribiendo?, ¿aún vive?, ¿se casó, tuvo hijos?… Yo no he encontrado ningún rastro de ella, no sé dónde nació ni cuándo, otra vez nada de nada , únicamente que era novelista, y que las tres novelas suyas que escuché por radio todavía perduran en mi memoria como algo muy agradable y lejano: Almas en la sombra, El brezal de las nubes y El caballero de los brezos. Novelas que te llevaban a los mares del Caribe entre barcos piratas, doncellas raptadas, y aventuras trepidantes que despegaban siempre en Irlanda.

Y ahora viene aquello que hace que muchos lectores, de los llamados intelectuales, se encojan de hombros con despectiva suficiencia, y que te hablen campanudamente de Conrad o de Kafka y por ello se consideren superiores a los demás, ¿qué saben estos señores lo que es la literatura en realidad?…

Literatura es la palabra escrita convertida en argumento, que te llega muy íntimamente y con la que te identificas en muchos momentos de tu existencia, y hay que tener un gran respeto hacia las personas que escriben luchando contra un mar de dificultades, que se han pelado los codos sobre una mesa o se han descoyuntado los dedos picando las teclas de una Underwood desvencijada, que han escrito una novela en un día, como Corín Tellado quien luego se desmayó encima de la máquina, y no era para menos; literatura no es sólo que Gregorio Samsa se transforme en una especie de cucaracha monstruosa, que Don Quijote cabalgue en pos de sus ideales o que los personajes de Faulkner en Santuario nos estremezcan de horror, literatura siempre será llegar al público aunque el novelista no conozca el aplauso multitudinario (de hecho Kafka nunca alcanzó a saborearlo ya que le vino después de muerto y eso porque el encargado de quemar su obra le desobedeció).

En España hemos tenido autores, que en los años 40, 50 y 60 sobrevivieron escribiendo novelitas del Oeste policíacas, o de espías, rosa también, y que luego se han revelado escritores de envergadura, Francisco González Ledesma, Silver Kane, es uno de ellos, y otros murieron antes de ver reconocido su talento o habiéndolo malogrado para ganarse el pan nuestro de cada día.

Muchos escritores son tumbas en el desierto, lápidas sin nombre, un empedrado desolador que nos habla de la otra cara de la moneda, la que no recoge premios literarios ni se pasea en tournées promocionales, la que nunca contemplará sus novelas llevadas al cine, dudoso honor visto lo visto en más de una ocasión, la que vivirá entre privaciones, eternamente defraudada, y morirá en la miseria… Pero ellos también fueron escritores y si dieron al público unos momentos de felicidad al permitirle escaparse de la insignificancia de sus existencias, creo que bien se merecen el no ser olvidados… y alcanzar su pequeña parcela de gloria en Internet.

Copyright © 2007 Estrella Cardona Gamio

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Las reflexiones de Paul Auster

Sólo he leído una novela de Paul Auster en mi vida, Leviatán, y pienso reincidir; me fascinó, sí, fascinación es la expresión correcta, aunque también añadiría extrañeza por el singular mundo que pintaba en relación al carácter de las personas y a su forma de desenvolverse en la existencia. Pero no fue eso todo; tiempo después empecé a ir leyendo cosas que él había dicho en entrevistas y encontré que sus opiniones y las mías en algunos aspectos sobre el trabajo del escritor, eran muy parecidas si no iguales. Una de ellas es la labor propiamente dicha que ejerce el novelista, su día a día profesional y lo que eso conlleva.

Auster afirma que ser escritor no es nada extraordinario, que no se es un ser sobrenatural, ni digno de culto, por el hecho de escribir, y éste es el primer punto en el que coincido con él, porque ejemplos tenemos en la historia de la literatura, no voy a decir nombres, en que se ha desorbitado el trabajo del autor hasta extremos de ridícula adoración convirtiéndole en un ser poco menos que mítico cuyas frases más nimias tienden a ser interpretadas como mensajes de trascendencia universal, y eso es, en castellano castizo, pasarse de rosca.

El novelista es simplemente una persona que escribe con mayor o menor acierto, y que tiene su público, nada más. El que pretenda soñar a su costa o embarcarse en mundos maravillosos e inaccesibles, está en su derecho que para eso es lector, mas sin cruzar la frontera porque cada uno tiene bien delimitado su propio territorio.

La humildad de Paul Auster al llegar a semejante conclusión, tendría que ser un ejemplo a seguir por muchos escritores que asumen que su verbo es poco menos que divino al creer que si ellos dijeran “hágase la luz”, se haría.

Y esto nos lleva a otra reflexión de Auster, cuando afirma sin cortarse —así lo leyó públicamente en su discurso el día que le fue entregado el premio Príncipe de Asturias en Oviedo, discurso breve y perfecto en el que se dijo todo cuanto se debía decir sin cansar a nadie—, que no sabe por qué escribe pero que no puede dejar de hacerlo irremediablemente; ahora bien, añade, para desconcierto general, que el trabajo de un escritor carece de importancia al lado del de, por ejemplo, un fontanero, un carpintero o un electricista. Yo también, desde hace ya muchos años pensaba exactamente lo mismo, pues en una antigua entrevista que me hicieron por la radio, dije que si volviera a nacer sería fontanero antes que escritora, salida que por cierto no gustó a nadie.

Paul Auster viene a decir que el arte es superfluo y que se puede vivir sin él perfectamente, y yo, que en este aspecto había pensado igual durante años —a pesar de ser licenciada en Bellas Artes—, a raíz de escucharle se me ocurrió de repente que un mundo sin libros de entretenimiento, sin cuadros, sin música, sin esculturas, sería el peor de los desiertos. Comer y beber son necesidades primordiales y casi todo gira en torno a eso, el otro tanto por ciento lo hace alrededor del sexo, así es mucho más importante darle un plato de comida a un hambriento que mostrarle las bellezas del Hermes de Praxiteles, exposición en tal caso ni urgente ni práctica, pero…

¿Me había detenido a pensar alguna vez en un mundo sin novelas, sin música, sin obras de arte?

Imaginemos el día a día, monótono, del trabajo a casa, de casa al trabajo, comer, dormir, levantarse, volver a empezar, ¿y así hasta el momento de nuestra muerte? No, no me gustaría vivir en un mundo similar, porque entonces sería mi mente la hambrienta y su extinción segura. Así pues, me retracto de una manera de pensar que yo suponía acertada y creo que al igual que el cuerpo precisa del sueño para recobrar fuerzas, el cerebro precisa de la literatura, de la música y del arte en general para no sucumbir al vacío de la mediocridad. Ahí difiero de Paul Auster aunque me haya costado tiempo llegar a esta conclusión, tal vez porque los árboles no dejan ver el bosque… Pero sigo pensando que si la casa se me inunda de agua me será más necesario en ese momento el fontanero que no, con todos mis respetos, don Miguel de Cervantes. O sea, que cada cosa en el lugar que le corresponde.

La tercera reflexión de Paul Auster con la que estoy plenamente de acuerdo es la que alude al nexo autor/público. Fue la primera que leí en una entrevista suya y me sorprendió agradablemente; él explica, y yo creo haberlo comentado ya en algún artículo de Atalaya, que la única relación posible entre el escritor y el lector ha de ser precisamente ésta: lo que el uno escribe el otro lo lee y no hay más. Auster tiene fama de ser un novelista tímido al que asustan las manifestaciones multitudinarias de admiración y comprendo perfectamente el que las rehuya, aunque, por otra parte sean de agradecer, así como el que a un autor lo lean, pero no nos confundamos: el escritor vive en su mundo aislado frente a la hoja de papel o a la pantalla del monitor, y ese es el lugar donde debe estar, no en ociosos cócteles, en fatigosas tournées promocionales, ¿las necesitó Shakespeare acaso?, o en innumerables conferencias que le roban horas a su trabajo principal, tan sólo puede permitirse las presentaciones o las firmas en ferias como una concesión a su público, pero nada más, porque un escritor no es una vedette… ni un bicho raro al que contemplar boquiabiertos para luego dirigirse a él en uno de esos diálogos tan incómodos para ambas partes, el fan porque está impresionado y no sabe qué decir que suene inteligente y el novelista, en el caso de que no sea un vanidoso crónico, porque se ruboriza al escuchar elogios las más de las veces tan torpemente expresados que producen vergüenza ajena.

En el mes de febrero próximo, Henning Mankell, el novelista sueco “padre” del inspector Kurt Wallander, viene a Barcelona a que le entreguen un premio por su obra policíaca; en un principio pensé en asistir al acto, pero luego he recapacitado y no lo haré, prefiero seguir admirándole de lejos a través del papel impreso y en el silencio de la noche que es cuando me dedico a la lectura tranquilamente, a solas con el autor, Mankell o cualquier otro, en esos momentos de perfecta comunión que se establecen entre un escritor y su público.

Copyright © 2006 Estrella Cardona Gamio

Publicado en Atalaya de Ciudad Letralia.

Una existencia: muchas vidas

Normalmente llamamos vida al espacio de tiempo que comienza al nacer y concluye cuando fallecemos. Así, vida, una línea continua sin más, sin perspectiva ni matices, como si fuera un bloque único en el que siempre hemos sido de una pieza, y cuando llega el instante postrero la gente dice: se acabó, ha muerto, pero están muy equivocados; cuando la muerte real llega y dejamos de sumar días en nuestro haber, no es la primera vez que fallecemos y en ese “pequeño” detalle nadie parece reparar; cuando alcanzamos el final ya hemos desaparecido con anterioridad muchas veces, y no estoy hablando de reencarnación precisamente.

Hemos muerto en tantas ocasiones a lo largo de nuestra existencia que al tenerlo asumido por costumbre ni nos enteramos, y lo cierto es que un día fuimos un bebé recién nacido que apenas llegado empezó a evolucionar y a crecer, luego el bebé fue una criaturita de un año, de dos, tres, y a los cuatro nos creíamos adultos y enseñábamos orgullosamente nuestra manecita, plegado el pulgar, mostrando a quien nos lo preguntaba que ya éramos “grandes”.

Seis, siete, ocho años y seguimos creciendo y cambiando; hemos muerto muchas veces y nadie, y menos nosotros mismos, nos ha llorado. Hojeamos álbumes de fotos y papá y mamá, los abuelitos, tíos y demás familiares, los amigos de la casa, todos aseguran: cómo has cambiado, ya no pareces el/la mismo/a, y tú contemplas con la superioridad e indiferencia de los pocos años, a aquel/la que un día lejanísimo fuiste, y te parece otra persona con la que no tienes nada en común como no sea en el nombre y los apellidos y en el hecho de que tus padres también lo son suyos.

Esas son las primeras muertes, pero no las últimas, que pasan desapercibidas sin causar ninguna tristeza. El tiempo prosigue su imperturbable curso y nos convertimos en adolescentes, la vida entonces se nos antoja como la goma de mascar, se alarga inverosímilmente, no tiene fin, la juventud es eterna, y a hurtadillas nos reímos de las personas “viejas” de treinta años, de los super ancianos de cuarenta y observamos estupefactos a los matusalén de sesenta; para nosotros no existe el otoño ni el invierno, nunca seremos como ellos, sí, nuestra juventud es eterna. Tal vez sea esta la época en la que estemos más vivos, más conscientes de nuestra propia existencia, de que respiramos, de que reímos, de que somos felices sin saber que lo somos —prerrogativa única de la extrema juventud—, sin embargo, esta etapa pasa también y constituye una nueva muerte de la que no nos enteramos. Nunca más volveremos a ser jóvenes, claro que eso no importa, ahora somos adultos y se supone que sabios, con experiencia, empezamos a apreciar las dulzuras del otoño y un día, de pronto nos damos cuenta de que, cuando menos nos lo esperamos, llegan los cincuenta años, antesala precursora de aquella mítica y lejana vejez, o, como ahora la denominan, tercera edad, en la que hipotéticamente vamos a empezar a disfrutar de la vida si el que nos lo augura es un banco intentando deslumbrarnos con el señuelo de unos fondos de pensiones con los que pretenden seducirnos haciéndonos creer que la ancianidad es la mejor etapa de la existencia.

Entonces uno/a piensa que el ineludible final se halla cercano y se deprime, imágenes agoreras asaltan sus sueños y cuando llega la festividad de los fieles difuntos esas calles funerarias que componen las alineaciones de nichos en los cementerios modernos, nos pintan un futuro nada halagüeño.

¡Qué absurdo..! Ese no es el final, nunca lo ha sido; cuando nos vamos, no hacemos sino cerrar la puerta definitivamente porque a lo largo de una existencia, la nuestra, hemos ido cerrando puertas, una tras otra, alegremente y sin percatarnos de ello. El niño que fuimos y que no volverá jamás, se queda al principio, irremisiblemente muerto, fantasma de un pasado, el adolescente, el joven, el adulto, el mayor, fantasmas todos habitantes de un tiempo ido… Son tantas las ocasiones en que nos hemos marchado ya, que una más carece de importancia. Nuestras células guardan en su molde el recuerdo de aquello que fuimos y que, a imitación de una barca arrastrada por el mar, se va difuminando en el horizonte de la lejanía.

Conozco a personas que han traspasado el umbral de los cien años, madres de amigas, y todas dicen lo mismo: a estas alturas lo único que queremos es descansar, irnos de una vez.

Irse de una vez, esa es la verdadera respuesta correcta; ellas no ignoran que se han marchado otras muchas pero no tienen miedo de hacerlo definitivamente, quizá porque saben, con la sabiduría que otorga el paso del tiempo, que el mutis se ha ido ensayando a lo largo de la existencia y que ya es hora de que caiga el telón pues somos la herencia de nosotros mismos sin solución de continuidad.

Ágatha Christie cierra su excelente autobiografía con estas palabras dictadas por la experiencia de una larga existencia:

¿Qué puedo decir yo a los setenta y cinco años?: Gracias, Señor, por la hermosa vida que me has dado y por todo el amor que he recibido.

Aunque no todas las personas sean Ágatha Christie, el mensaje está claro: disponemos de diferentes vidas dentro de una misma existencia y hay que saber disfrutarlas, en la medida de nuestras posibilidades, si queremos llegar al final dando las gracias; no dejemos que esa existencia fluya y se nos escape sin saber que contamos con etapas suficientes como para saborear plenamente cada uno de los instantes que nos ofrecen, y nada de reírnos de nuestra propia foto infantil, personaje regordete o desgarbado, ya que aquella criatura también fuimos, (¿somos?), nosotros.

Copyright © 2006 Estrella Cardona Gamio

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